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Los niños como víctimas de homicidios

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In Principio Erat Verbum©

Por Simón Vargas

La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.

Jean Jacques Rousseau

Es casi imposible para la mayoría de la gente entender cómo alguien puede asesinar a un niño e incluso como padres y madres acaban con la vida de sus hijos de manera premeditada; actos brutales definidos como filicidio, infanticidio o neonaticidio (dependiendo de la edad del infante).

La noticia de un infanticidio suele ser dolorosa; pensar en la desgarradora idea de la muerte de un niño o niña nos lleva a sentir un mundo interminable de dudas. Sorprendentemente, en antiguas sociedades ciertas formas de infanticidio eran consideradas permisibles, los Aztecas, Mayas y los indios de Norteamérica sacrificaban niños y mujeres, generalmente en la época de siembra o cambio de estación; y aunque sea difícil de concebir actualmente en algunas partes del mundo se usa el neonaticidio como forma de control natal, tal es el caso de China en donde algunos padres optan por dar muerte al segundo hijo en caso de que este no sea varón.

Podríamos mencionar innumerables casos y sin duda existen algunos que han quedado grabados a fuego en la mente; como el de Luis Alfredo Garavito Cubillos “La bestia”, quien en Colombia torturó, violó y mató a sus víctimas, hasta que finalmente el 31 de octubre de 1999 se le acusó por los crímenes de 140 niños.

Tampoco se olvidará la muerte de JonBenét Ramsey en Atlanta, ganadora de varios concursos de belleza infantiles, quien fue hallada un 26 de diciembre de 1996 en el sótano de su casa; asesinato que el pasado mes cumplió 21 años sin solución.

En 2006 México vivió un vuelco tanto mediático como emocional con el asesinato de Erick Azur y María Fernanda de 7 y 3 años respectivamente, a manos de Diego Santoy Riveroll, quien en complicidad con su novia y hermana de los menores Erika Peña Coss planeó y realizó los crímenes.

Las huellas que dejan los asesinatos de niños o niñas en la conciencia colectiva se vuelven cicatrices difíciles de ocultar, ¿por qué ensañarse tanto con los inocentes? Según criminólogos “el grado de vulnerabilidad de la víctima se pone de manifiesto en las circunstancias particulares del delito y en las condiciones del delincuente; es así como el riesgo para la víctima está relacionado directamente con el riesgo para el agresor”.

Los niños son una presa fácil, el agresor tiene menos riesgo y puede mantener un comportamiento organizado, recurriendo siempre al mismo tipo de engaño para atraer a la víctima, usando incluso la misma arma, sintiéndose despreocupado al pensar que nadie prestará especial atención a la desaparición de un menor; optan por ellos, ya que el infante es una víctima fácil de controlar física y emocionalmente.

Conocer casos de violencia infantil, causa indignación porque descargar la frustración y el enojo en un ser inocente y casi incapaz de defenderse se vuelve inconcebible, sin embargo, actualmente nos enfrentamos a patrones de silencio y retrocesos.

Para muestra basta un botón, en nuestro país cada día son asesinados 3 niñas, niños o adolescentes y diariamente desaparecen 4 de ellos en el territorio nacional; según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, entre 2006 y 2014, existieron cerca de 2,000 asesinatos de niños, niñas y adolescentes. h

En México los casos de desapariciones de niños y niñas ha ido en aumento tan solo a julio de 2017 se registraron 1,498 casos de desapariciones en el Estado de México; 647 en el estado de Puebla y 572 casos en Tamaulipas.

Abordar un tema como este particularmente crudo y angustioso, escribir sobre la muerte de la inocencia; no alejarnos de la brutalidad que encarniza la realidad a la que nos enfrentamos aún en estos tiempos de civilidad, nos hará no perder la conciencia de que el homicidio en niños y niñas continúa sucediendo. Probablemente en tiempos remotos los sacrificios se realizaban para ofrecer la inocencia como un regalo a los Dioses; ahora debemos entender que la única forma de dar un regalo a Dios es conservando viva la inocencia, procurando que sean dichosos; entendiendo que formando niños felices, con el paso de los años encontraremos adultos comprometidos y responsables.

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