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El reloj que ya no marcará las horas

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Bitácora de guerra

Por Hannia Novell

Entre los escombros hay un reloj de pulso roto, cuyas manecillas se quedaron en las fatídicas 13:14 horas de aquel martes 19 de septiembre. Al lado, lo que queda de una fotografía familiar llena de polvo. También se hay pastillas, el libro Cinco esquinas de Vargas Llosa, que no acabará de leer, un suéter y un tenis sin su par.

Y no muy lejos, lo que quedó de un horno de microondas. Un frasco de perfume. Una mochila escolar y un cuaderno casi sin forma. Todo revuelto entre cascajo, tablas astilladas, los restos de muebles y varillas. Es la representación de la tragedia contada a pedazos. Son pedazos de vidas truncadas, de sueños no alcanzados que se perderán porque no están sus protagonistas. A unos cuantos metros veo gente de cualquier edad y clase social. Llenos de polvo, algunos usan cubre bocas, otros portan un casco, muchos usan paliacates. Todos tienen un denominador común: la solidaridad.

De momento, levantan el puño y se hace un silencio ensordecedor. Se solicita un grito, un quejido, una respiración.

Binomios caninos entran en acción: huelen entre los escombros en busca de un rastro de vida. Levantan losas, pasan las piedras en una larga hilera. Me emociona hasta las lágrimas ver a un niño de cinco años con su chaleco anaranjado y casco. Lleva en sus manitas una bolsa con golosinas que reparte en la mano a los brigadistas. Hay otro pequeño que regala abrazos. Sí, también hacen falta.

Nuestra mente no entiende esa trágica coincidencia. Aquel martes por la mañana, a las 7:19 de la mañana, en los medios se transmitió el izamiento a media asta de la Bandera Nacional en el Zócalo.

Conmemorábamos 32 años de aquella cita mortal que casi acabó con nuestra querida ciudad. A las 11 de la mañana sonó la alerta sísmica. Miles participaron en el macrosimulacro. ¡Qué irónica es la vida! Dos horas con 14 minutos más tarde no sonaría la alarma, aunque la naturaleza nos dejaría sentir su furia con ese sismo magnitud 7.1 que volvió a dejar en ruinas a comunidades de Morelos, Puebla, el estado de México y mi ciudad. El martes 19 de septiembre de 2017 dejó algunas lecciones que ya nos había dado en 1985.

En ese entonces, ante un gobierno federal pasmado y una autoridad del Departamento del Distrito Federal embotada, la sociedad civil tomó las riendas de la búsqueda, el rescate y la reconstrucción.

Así lo hace en el edificio de oficinas y comercios de Álvaro Obregón 286 en la colonia Roma Norte, en Chimalpopoca y Bolívar, donde se colapsó una fábrica de textiles o en los multifamiliares de Taxqueña; en el colegio Rébsamen de Tlalpan o en los edificios de departamentos de la colonia Del Valle.

Ahí está el pueblo de México dando lecciones al mundo, enseñando que el silencio es algo más que silencio, pues en él podemos descubrir vida; no sólo debemos respetar al otro sino apoyarlo, especialmente en las desgracias. Hay que ser sensibles, salir a las calles con el corazón en la mano y con ganas de ayudar.

Ya vendrán las revisiones sobre las normas de construcción que no se respetaron y los permisos otorgados por medio de la corrupción. Lo importante es levantarnos como una comunidad de mujeres y hombres de bien, hechos de acero para enfrentar cualquier circunstancia.

Ahí está ese el reloj roto, detenido en las 13:14 horas, que no le volverá a dar la hora a su propietario. Al lado de él están los niños regalando dulces y abrazos a esos jóvenes, mujeres y hombres de todas edades y estratos sociales que ante la desgracia están dispuestos a dar su tiempo por los hermanos en condiciones adversas.

México se levantará, como lo hizo en 1985, porque es grande, rico, generoso, pero sobre todo, porque tiene un pueblo único, con temple, sensible e inteligente, siempre dispuesto a darlo todo por el otro. De eso, no me cabe la menor duda.

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