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OPINIÓN

¿Qué aprendimos de la desgracia del #S19?

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Bitácora de guerra

Por Hannia Novell

Detrás de cada uno de los 38 inmuebles que se colapsaron por el sismo magnitud 7.1 del pasado 19 de septiembre en la Ciudad de México, y de los otros 13 inmuebles que tendrán que ser demolidos, hay historias de vida, muchas de ellas truncadas.

Para que esas pérdidas no sean en vano, como sociedad debemos aprender las lecciones que nos dejó esta tragedia. La primera tiene que ver con la corrupción. ¿Por qué muchas de esas edificaciones son relativamente nuevas?, ¿las normas de construcción vigentes no son adecuadas? ¿O son violadas con el sello de una “mordida”?

El gobierno de Miguel Ángel Mancera anunció el 16 de octubre que se modificará el Reglamento de Construcciones. En el comunicado 0931/17 establece que “el Comité Asesor de Seguridad Estructural de la Ciudad de México presentará en próximos días la actualización de ocho normas complementarias al Reglamento de Construcciones de la capital del país, así como las publicaciones de dos más con ajustes, derivadas del sismo de septiembre pasado“.

El ingeniero Sergio Alcocer, integrante del Comité Asesor, añadió: “El trabajo de la revisión de las normas se emprende periódicamente; la última actualización fue en 2004”. Sí, leyó usted bien: en 2004, hace 13 años que no se modernizaban. Desconozco en qué periodo es adecuado hacer cambios a la norma, pero para una ciudad como esta, que crece de manera caótica, más de una década me parece un exceso.

Otra lección tiene que ver con nuestra cultura de protección civil, corrijo, nuestra incultura. Aquel martes del sismo se cumplían 32 años de los ocurridos en 1985. Buena parte de la población participó en un macrosimulacro, salió de sus oficinas, identificó zonas seguras de los edificios; se congregó en puntos de reunión, y se reiteró la frase: “no corro, no grito, no empujo”.

Por ironías del destino, dos horas y 14 minutos más tarde se registró el movimiento y demostramos que, en la práctica, desconocemos los protocolos para enfrentar una emergencia sísmica. Treinta y dos años no han sido suficientes para construir esa cultura. De ello somos responsables.

Una más: el tratamiento de los cadáveres. Entre las muchas historias que se escribieron, una me impactó: Michelle Fernanda Castillo murió entre los escombros del edificio de Álvaro Obregón 286, de la colonia Roma Norte. Horas después del derrumbe. A sus familiares les dijeron que había sido rescatada y que se encontraba en la Cruz Roja de Polanco. El domingo 1 de octubre, les fue entregado un cadáver

que no les correspondía. Al final, descubrieron que el de Michelle tenía varios días en el Semefo de Tlalpan. La falta de información y la entrega de datos falsos por parte de las autoridades fueron elementos contra los que lucharon los familiares de las víctimas.

Por último, muchos jóvenes y personas de todas las edades que salieron a dar generosamente su ayuda solidaria como brigadistas, se encontraron con el horror. Confrontarse con las paredes tiradas, las varillas, los ladrillos apilados de lo que fueron muros, respirar el polvo, encontrar las pertenencias de quienes habitaban esos edificios, pero sobre todo, encontrar a quienes perdieron la vida es algo traumático, algo que difícilmente se borrará de su memoria y muchos de ellos no han recibido apoyo psicológico por esa experiencia.

Son muchas las lecciones de esta tragedia y nos preguntamos si las aprendimos o tendrán que pasar otros meses, años o décadas para demostrar que no hemos aprendido, pues es más fácil olvidar la tragedia que enfrentarla. Si en años, cuando nuestros hijos crezcan y nos pregunten ¿mamá, papá, tú cómo ayudaste ese día? Estimado lector, espero que la respuesta sea que ayudamos y aprendimos mucho.

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