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OPINIÓN

Con olor a tinta

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Por Javier MEJÍA

Hace dos semanas, en una taquería de la calle Mezquital, escuché un comentario que me hizo remover la memoria: “Ya nadie manda tarjetas de Navidad, antes llegaban a las casas, ahora llegan por Internet”.

Era el dueño del lugar que mientras partía limones le gustaba hablar con los comensales. Describía cómo eran las tarjetas de “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”, con sus letras brillantes, sus imágenes atrayentes de colores mágicos y enmarcadas en viñetas aterciopeladas. Luego eran colocadas en el Árbol de Navidad hasta terminar en los cajones del ropero.

Las críticas del taquero a la era electrónica no cesaban, mientras que a mí se me vino a la mente lo de las tarjetas, particularmente los Portales de la Plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico de la ciudad de México, donde el movimiento era vital acompasado por ruido de las máquinas de imprenta manuales colocadas a lo largo del enorme pasillo de donde salía un penetrante olor a tinta y a papel.

Era el año de 1981. En los mostradores había gran variedad de diseños de tarjetas navideñas, Feliz Año, bodas, 15 años, bautizos, confirmaciones, aniversarios, etc., y “para todo tipo de bolsillos”. Los empleados se peleaban a los clientes, mostrando los catálogos hasta lograr la venta.

Acudía con cierta regularidad a esa histórica plaza y recorría sus viejos pasillos hasta llegar a los talleres con sus enormes prensas, máquinas de offset y cortadoras de papel que al principio realmente me impresionaban. Allí se imprimían tesis profesionales de licenciatura que me encargaba de recoger, siempre con los tiempos encima y apresurando al encargado.

Durante la espera, se escuchaban historias de boca de los mismos empleados y de clientes y, entre las más comunes, eran el enojo porque no quedaron satisfechos con el trabajo, hasta los robos y asesinatos, sin faltar aquellas versiones de la presencia de falsificadores de documentos sobre todo de cheques, mostrando todo su oficio en las artes de la impresión y logrando importantes ingresos.

Alguna de las imprentas de este enorme laberinto era el centro de operaciones de los falsificadores que en ese tiempo eran respetables entre los ladrones, sobre todo por aquellos de poca monta que abundaban, incluso parecía que ellos mismos lo sabían y se sentían con cierta clase hasta en su manera de caminar y de hablar, en corto.

El dueño del negocio era un cincuentón y regordete, calvo y con poco pelo chino que le gustaba reírse y, aparentemente, “se hacía de la vista gorda” ante los reclamos. Un llamado de los talleres marcaba el final de otra jornada de trabajo y, a final de cuentas, de otra historia, ya que salía con las pilas de libros por lo general de pasta negra y letras doradas para entregarlas a los clientes que pagaban para que se les hiciera su tesis profesional.

Casi siempre llegaba a la oficina de la calle de Revillagigedo, por el metro Balderas, y ya estaban esperando para recibir los ejemplares y pagar la segunda parte del trabajo.

Allí era cuando venía un respiro, alguna ezpresión de júbilo y a esperar que otro estudiante tocara la puerta o llamara para empezar el proceso hasta pasar muchas horas en la gloriosa Plaza de Santo Domingo.

Y si, efectivamente, ya cada vez menos gente, si no es que nadie, te regala una tarjeta de Navidad y de Feliz Año… “Así es la vida de caprichosa”.

Pero por lo pronto quiero otro de lengua, por fas, así como los que se ha comido el dueño de la taquería que es todo un conversador.

Salud y mis mejores deseos para el 2018 ¡Ánimo!

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