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OPINIÓN

El profe Mendoza

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Memorias Universitarias II

Por Javier MEJÍA

Un grupo numeroso de me+icanos la llamaron la “década perdida” generada por gobiernos grises y erráticos, dando al traste con el terremoto de 1985 y sus secuelas, mientras que la Universidad prácticamente todos esos años estuvo tomada no sólo por trabajadores, maestros y estudiantes, sino también por policías.

Era nuestra realidad y aunque no se trata de pasar como una víctima inocente, ni de pecar de ingenuidad, sin duda que estas circunstancias tendrían sus impactos al menos en el campus universitario, donde me voy a centrar para concluir esta colaboración a propósito del afortunado “reencuentro” bibliográfico con el maestro Enrique Mario Mendoza, quien nos impartió la clase de Formación Social Me+icana durante el primer semestre en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Sería muy ingrato de nuestra parte el olvidar siquiera las hermosas instalaciones de lo que fuera la FCPyS, ubicadas junto a “Las Islas”, y que tenían un diseño que permitía a los alumnos tener puntos de reunión para crear comunidades universitarias, y donde predominaban los árboles y las jardineras que atraían a los pájaros. Había enormes salones para más de 50 alumnos y un auditorio para asambleas estudiantiles y a veces para conciertos de rock, siempre hasta el tope.

Los tiempos universitarios fueron prácticamente en la primera mitad de la década de los años 80 (la década perdida). Sin duda que numerosos grupos de estudiantes la pasaban “suave”, otros la batallaban más y los menos renunciaban porque al principio las clases no eran regulares o porque varios maestros que aparecían en las listas de los grupos nunca llegaron a dar clases y decidían mandar a sus adjuntos, claro con sus e+cepciones, “como todo en la vida”.

En ese caso, nos íbamos a desayunar y a chacotear hasta la siguiente clase que era ¡“Y claro”! con el profe Mendoza, siempre analítico, confiable e interesado por el aprendizaje de sus alumnos.

Escribió  que cuando se afecta la vida académica, casi siempre hay una reacción de los estudiantes con sus grados de intensidad y con objetivos más o menos claros, aunque la mayoría se abstiene de participar en los asuntos políticos y en la actividad social, por lo que el foco son los activistas que buscan a toda costa que sus demandas sean atendidas.

Se les escucha en los mítines y se podrá apreciar “la influencia que han tenido de los profesores para sentirse convencidos del papel fundamental que juegan en el desarrollo del país”, además de un interés más allá de lo ideológico.

El maestro Mendoza anteponía lo pedagógico y su análisis parte de interrogantes claves del asunto para derivar en planteamientos lógicos de una persona librepensante y defensor de los valores sustantivos de la Universidad.

En una de sus clasificaciones planteó que los motores que impulsan a los estudiantes fueron la ideología con una construcción intelectual coherente para e+plicar las actividades del Hombre; las aspiraciones de autorrealización personal, así como la seguridad, status y reconocimiento sociales, lo que no estaba reñido con su mejoramiento económico.

Aseguró que los motivos que obligan a los estudiantes a tener una posición individual le dan un “sello endeleble” en función del ambiente social que lo rodea, sólo modificado por su ambición política.

“La Universidad lo conecta con otras posibilidades y nace una fuerte identificación de grupo y de ahí su activismo”, refirió.

Finalmente están los motores de la personalidad (que en esta etapa de la vida es “moldeable y cambiante”) y el carisma propio de los e+trovertidos que pugnan por la acción directa, aunque reprobatorio y superficial para los idealistas introvertidos.

Su visión fue la de una Universidad como “un organismo vivo, compuesto por personas con múltiples intereses y en ello radica lo complejo de los actos”.

Por lo pronto, la chicharra sonó y la clase de Formación Social Me+icana I terminó. El ruido al mover mesabancos, de guardar libros y cuadernos y las voces estudiantiles marcan la salida del salón, y de pronto surgió la pregunta: ¿qué onda con la masonería?.

En la siguiente clase, el maestro Enrique Mario Mendoza sacó de su portafolio un escrito a máquina de tres cuartillas en papel revolución y empezando justamente con esa pregunta. Nos lo entregó mostrando su generosidad como buen Universitario.

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